Los dos barcos llegaron el mismo día y a la misma hora a la cala. Fondearon al unísono. Un barco enarbolaba la bandera francesa, el otro la española. Al principio les hizo gracia esa sincronización perfecta que se estableció entre ellos: se bañaban, comían, pescaban... al mismo tiempo. Parecía que delante tuvieran un espejo. Conforme fue pasando el tiempo, la cosa empezó a hacerles menos gracia. Empezaron a sospechar que el otro les hacía burlas, que estaba protagonizando un extraño y pesado juego de imitación. No podía ser que perdurase esta coincidencia tan exacta. Empezaron a cabrearse cuando izaron a la vez la vela de popa, que para más inri era del mismo color turquesa y con el mismo dibujo de un dragón que les habían jurado que era un diseño en exclusiva. Cuando llegó el día de levar anclas, lo hicieron conjuntamente a las 5:15 de la madrugada. Y tardaron lo mismo. Después de insultarse y arrojarse botellas y tubos de crema, zarparon cada uno por su lado.
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jueves, 14 de agosto de 2014
jueves, 17 de abril de 2014
La surfista emprendedora
Una joven rubia y con pecas camina por la orilla de la playa. Cuando pasa por delante de un joven que está fumando, éste le pregunta, jocoso y agitando las llaves de su coche, si quiere que la lleve a algún lado. La joven, que parece no haber escuchado su ofrecimiento, se ajusta el traje de neopreno y se sube la cremallera. Después, con una habilidad pasmosa, agarra la tabla de surf y encaja la vela. "Si quieres, te llevo yo. Iremos más rápido", le dice al chaval lanzando la tabla al mar. De un salto, se sube sobre ella y, rompiendo las olas, se encamina hacia mar adentro. El joven galante se la queda mirando con la boca abierta, las llaves se le caen al suelo.
martes, 1 de abril de 2014
Los patos salvajes
Pat y Lucas patrullan juntos, son colegas inseparables. Allá donde va uno, le sigue el otro. Pero no siempre ha sido así. Cuando se encontraron por primera vez surgió mucha desconfianza y tensión entre ellos. Se sintieron agobiados, con su espacio vital invadido, y en más de una ocasión llegaron a los picos, sus afilados picos arrancaron con furia plumas de la cola del otro.
Cuando llegó el invierno y los patos se habían quedado desplumados como consecuencia de sus peleas, cedieron. Llegaron a la conclusión de que en este torrente tan estrecho había que convivir como fuera.
Ahora se han hecho amigos íntimos, van juntos por todos lados. Se rumorea que hasta por la noche duermen juntos, con sus cuellos debajo de las alas de su compañero, acurrucados entre la maleza para darse calor mutuamente, supongo.
martes, 11 de marzo de 2014
Marcos y la sirena
Cada día, puntual, Marcos acude a ver cómo están sus flores. Hace años que lleva a cabo el mismo ritual, siempre a la misma hora y en el mismo sitio. Nadie recuerda que haya fallado ni un solo día: ni cuando diluvia, ni cuando el sol veraniego ajusticia, ni cuando ha tenido fiebre o le han despedido de un trabajo. Cada día está allí, cuidando con mimo las flores mientras echa furtivas miradas al mar. Su presencia y el ceremonial que despliega le han convertido en un personaje famoso, que ha llegado a aglutinar a su alrededor decenas de turistas que han querido inmortalizar ese momento con sus teléfonos móviles. Pero a Marcos parece que no le afecta nada de todo eso. Él permanece impasible, paciente, con sus pensamientos vagando por mundos estratosféricos. En su interior, sigue anhelando volver a ver esa sirena que un día vio salir del mar.
miércoles, 19 de febrero de 2014
La mirada del gato
Estaba paseando por el centro de Ciudadella cuando me llamó la atención la mirada de un gato. Me miraba fijamente. Instintivamente le llamé, pero ni caso. Volví a intentarlo elevando el tono de mi voz, pero el minino seguía pasando de todo. Como soy muy terco y me tomo las cosas de un modo muy personal, me puse en cuclillas y le tiré un par de patatas fritas. Nada. Entonces entré en la tienda de comestibles de la esquina, compré una sobrasada, unos gramos de jamón serrano, hice una bola y se la arrojé con todas mis fuerzas; también deposité en el suelo un tazón rebosante de leche de primerísima calidad. Ni se imnutó. Ya me había quitado la chaqueta y desanudado la corbata, ya no me importaban las miradas socarronas de la gente que pasaba por mi lado, cuando me percaté de que el gato no era real, sino que estaba pintado en la pared. Entonces me metí disimuladamente las manos en los bolsillos, miré a un lado y otro, y silbando me marché de allí.
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